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¿Cómo es un autoconcierto? Vivimos la experiencia con DLD

Desde la llegada al Autódromo de los Hermanos Rodríguez todo es diferente. No hay tráfico, al menos no el que solía haber previo a algún Vive Latino o Corona Capital.

Escrito por:Ismael Frausto

¿Autoconciertos?

Aquí nos tocó. Qué le vamos a hacer…

Así concluye Carlos Fuentes su obra cumbre.

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¿Qué le vamos a hacer? hoy no hay de otra: todos de lejecitos, sin tocarnos, sin abrazarnos, sin besarnos. Pero, anyway, hay que vivir, y vivir bonito. Aún con la perniciosa, omnipresente –redundancia intencional- presencia del COVID-19.

Aquí nos tocó.

En este tiempo y en este espacio y, mientras nuestros brillantes epidemiólogos pretenden explicar con números imposibles una pandemia, la vida sigue, la vida va.

La noche del viernes, DLD nos regresó a ella en el primer autoconcierto de rock realizado en la Ciudad de México.

Los muchachos de Satélite nos devolvieron la pureza de la vibración, la transmisión de emociones –no por contacto físico, sino por la energética transposición de moléculas  a través del espacio y el tiempo- que en forma de sonido llegan, impactan, a cada uno de los oídos, a cada uno de los corazones, tan faltos en estos tiempos de una caricia, de un poquito de contacto incorpóreo, de un poquito de amor.

Porque si de Gabriel García Márquez su obra más celebrada es Cien años de soledad, en realidad es El amor en los tiempos del cólera su obra más bella, más poética, más didáctica, más llena de amor.

Justamente, ahí se narra cómo se vive una epidemia, cómo se reestructuran las relaciones humanas en medio de inminentes contagios, cómo, incluso, es posible amar a pesar del riesgo de una infección. Pregúntenle a Florentino Ariza y Fermina Daza.

Nada nuevo, nada que la humanidad no haya experimentado a lo largo de la historia. Nada que no se pueda solucionar con un poquito de respeto y cariño al otro y un muchito de rock and roll.

EL NUEVO ORDEN

Desde la llegada al Autódromo de los Hermanos Rodríguez todo es diferente. No hay tráfico, al menos no el que solía haber previo a algún Vive Latino o Corona Capital.

La recepción del autoconcierto es extremadamente amable y a distancia. Personal de seguridad indica a cada automóvil el camino a seguir. El acceso, increíblemente ordenado para los estándares mexicanos.

“Hasta parece otro país”, bromea una acompañante. Primer filtro.

Apenas unos metros después, se solicita el boleto, el cual se debe colocar en el tablero del automóvil, se escanea desde afuera. Si lo desean, los asistentes pueden llevar sus ventanillas totalmente cerradas, el rayo infrarrojo del escáner hacia el ticket es lo único que irrumpe en el carro.

“Prenda sus intermitentes y avance despacio”, es la instrucción. Segundo filtro.

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“Les voy a tomar la temperatura”, anuncia el sujeto y dispara hacia la frente del conductor. “36.5”, informa.  “¿Me permite hacerlo con los demás?”, se abren todas las ventanillas del auto. “36.2, 36.6, 36.4… ¿alguien de ustedes tiene algún malestar?”, pregunta. La respuesta es unánime: “no”.

“Pueden pasar”, dice. Tercer filtro.

“Siga derecho por donde le indiquen mis compañeros, vaya a baja velocidad y diríjase a aquel módulo”, indica el hombre con chaleco fluorescente mientras señala con una lámpara en medio de la oscuridad. Cuarto filtro.

“¿Traen con ustedes bebidas alcohólicas?, ¿alguno de ustedes ha ingerido bebidas embriagantes?”, pregunta el hombre. Ante la respuesta negativa y una inspección somera cede el paso y ya se ve el escenario del autoconcierto. Quinto filtro.

Una mujer señala con una lámpara el camino a seguir, al rebasarla cede el control a su compañero, quien con otra luz en mano indica dónde se debe estacionar el automóvil y con una cinta cierra el espacio.

El coche se detiene por completo en medio de dos vallas que le dan un margen de dos metros aproximadamente por lado. Los autos vecinos, por consecuencia, están a cuatro metros de distancia tanto a la izquierda como a la derecha.

“Si quieren salir del auto es obligatorio usar cubrebocas, si desean pedir algo de comer o beber, enciendan sus luces intermitentes”, es la última indicación que los tripulantes de la nave prácticamente ya no escuchan porque en el escenario están los Rebel Cats tocando un delicioso rockabilly y los piecitos se están moviendo involuntariamente.

PUROS CUATES

“No tengo el menor problema en que así sean los conciertos ahora, al contrario, está bien chido”, dice un entrevistado.

Tiene sus razones y las explica: “DLD está tocando poca madre, como siempre, la producción es la misma, el audio en el nivel justo: no tan fuerte, no tan débil, pero el bombo de la batería sí se siente que pega en el cuerpo y, además no nos amontonamos como antes”.

La dinámica es similar en cada “jaula”: los ocupantes de los autos permanecen en ellos, conversan, fuman, beben, ríen. Con Rebel Cats y Los Claxons la pasan como si fuera un día de campo.

Nadie –NADIE- invade el espacio que no le corresponde.

Con DLD, la banda estelar, todo explota, pero controlado. Sí, la gente brinca, grita, canta, baila –a eso fueron- pero pocos se atreven a rebasar los límites físicos impuestos desde la llegada.

El reportero hace un experimento: en la efervescencia provocada por Paco Familiar, Erik Neville y PJ HansenDLD, pues- con cubrebocas puesto y transmitiendo en vivo por Facebook avanza entre los carros para ver hasta dónde puede llegar.

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Logra arribar a la barricada debajo del escenario –contraviniendo las indicaciones estipuladas incluso para prensa-. Inmediatamente, un miembro del cuerpo de seguridad lo retira amable pero con firmeza.

“No puede estar aquí y lo sabe”. El reportero asiente, agradece la rigidez y retrocede. Efectivamente, hay orden, el orden que se requiere.

Mientras, en cada automóvil, cada uno tiene su fiesta particular. Grupos de cuatro o cinco personas bailan, cantan, gritan, se emocionan con DLD, alzan los brazos y, por lo menos durante un par de horas, se olvidan que han estado encerrados prácticamente todo este año, que han estado tristes, sojuzgados, encadenados, aterrorizados por una amenaza invisible que ahí está, que sigue estando y con la que tendremos que aprender a vivir y a retar todos los días de nuestras vidas.

Y si de retos se trata, el rock and roll siempre ha sido el camino. ¡Vengan los autoconciertos!

 

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