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La Gran Travesía por la Baja: una aventura a pie

Por: Viko R. Rodríguez 22 Ene 2021

Compañeros del sendero, hay un universo entero.
– Gustavo Santaolalla


La Gran Travesía por la Baja: una aventura a pie
FOTOS: VIKO RODRíGUEZ Y MANUEL RAMíREZ

Reunidos, por cuarta ocasión, estaban los caminantes. La convocatoria de Aldo Gutiérrez, organizador de la Travesía Baja Coast to Coast, había atraído a los humanos más singulares.

De qué otra forma se puede describir a una persona que, con plena facultad para tomar decisiones, invierte para llevar a cabo una experiencia monumental: cruzar por el ancho de Baja California a pie; 110 kilómetros de caminata divididos en tres días. De mar a mar.

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Llegamos de noche a Playa Altamira, en el litoral del Pacífico. Acorralados por la oscuridad, la única certeza era nuestro campamento base. Sin señal de internet, conversábamos como antaño. Palabras aquí, palabras allá. Todos olíamos a nervios. Lo recomendado era cenar, despedirse amablemente y descansar.

Despertamos con la música del cocinero. Inconfundible la guitarra de Steely Dan. Con los primeros rayos del sol se descubre el árido paisaje compuesto de pequeños matorrales costeros, agaves y choyas. Muchos ya caminan, calientan el cuerpo. Poco a poco se van construyendo los senderistas.

Camisetas de tela transpirable de manga larga. Mochilas especiales de trekking. Gafas oscuras. Calzado todoterreno. Bastones desenvainados.

Nos dirigimos hasta la línea que separa la tierra del océano. El kilómetro cero. Algunos tocan el agua helada. Eligen una piedra, según la tradición, para dejarla al otro lado del camino. Unos emocionados, otros en silencio, pero todos iniciamos la caminata. Nos espera la jornada más difícil: 50 kilómetros hasta la Misión de San Francisco de Borja Adac dentro del majestuoso Valle de los Cirios.

Fotos: Viko Rodríguez y Manuel Ramírez

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PEREGRINOS EN EL DESIERTO

Existe una adrenalina de saberse en una experiencia que pocos se atreven a realizar. Poco a poco la masa de caminantes se va separando. No es una carrera en el estricto sentido de la palabra, pero en el fondo, todos quieren llegar a la meta. Unos avanzan con mayor rapidez, cuidando su tiempo. Otros, en grupos, charlan animados.

Llegará el momento en que te quedes solo, inmerso en tu caminar. Acompañado del silencio, el soundtrack del desierto. Tu mente, gran aliado o peor adversario, avanzará a su velocidad, recordándote pendientes, avisos por dar, desmembrando episodios del pasado, elucubrando posibles desenlaces.

Hablará hasta que no tenga nada más que decir, para al fin, ceder al momento. Es en ese preciso instante que descubres que no estás solo. Observas con mayor claridad. Cardones que levantan sus espinados brazos en lo que parece un intento de sostener el cielo. Jardines rebosantes de choyas. Cirios fálicos que se diseminan por este valle nombrado en su honor.

Cada 5 kilómetros, el equipo organizador espera con puntos de hidratación. La carpa azul que los identifica rápidamente se vuelve una imagen placentera. Estos oasis artificiales no sólo sirven para recargar líquidos. Son puntos de encuentro. De apoyo incondicional. Donde el paramédico libera los pies de ampollas; donde el otro te ayuda con vendaje, algún analgésico para el dolor, palabras sanadoras.

Después de 6 horas de caminata, el camino empieza a pesar. Si bien el calor no es el brusco soplo del verano, no dejas de sentir la temperatura del lugar. La hidratación es clave para evitar calambres.

Pero el cansancio y el dolor son inevitables. Se presentan en diferentes frentes: la planta de los pies, tobillos, rodillas, la espalda. Uno trata de evadir el dolor, pero a los pocos metros regresa, punza, te agarra de la mano y te susurra: «Yo no me voy, yo te acompañaré durante toda la travesía».

Sigues tu paso y el sol, cansado de seguirte, se despide dejando tras de sí un espectacular atardecer. Instantáneas que roban el aliento. Muchos participantes para este punto, han desistido y pedido apoyo a los carros del evento, que nunca te dejan solo. Pero los necios continúan abriéndose paso por la noche. Rompiendo sus propios límites. Acortando distancia; los últimos 10 kilómetros, los últimos cinco.

La mente dividida en dos grupos antagónicos: el bando que te empuja y la voz en el fondo que coquetea con la rendición. Pero no, sigues, sigues y sigues. Y cuando parece que nunca vas a llegar, aparecen las imponentes paredes de la misión de San Borja. Suspiras de alivio: has cumplido la primera etapa de la caminata.

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CIERRE DE ÁNGELES 

Muchos se recuperan de la hazaña y concentran su atención en concluir lo que resta de la ruta. Un segundo tramo de 30 kilómetros hasta Agua de Higuera y el cierre de 30 kilómetros hasta Bahía de los Ángeles. Consciente de la proeza, se abre ante tus ojos un desierto maestral. Flores rojizas que pintan el paisaje.

Cánticos de aves alumbrando la mañana. Una hormiga que transita su propia expedición ante la inmensidad. Cuervos que miran incrédulos el desfile humano por el desierto.

Como una analogía de la vida, la travesía te pone a la persona que, por la propia velocidad de tu paso, se presta para el encuentro. Se charla lo esencial. Transparentes.

Cada historia personal une a los caminantes. Luis, el viejo sabio en su sexta travesía. Claudia, entrenando para cumplir nuevas metas deportivas. Angélica, superada por la emoción de usar la travesía para tener un acercamiento con su hija. Quien escapa del confinamiento y por fin respira. Quienes lo hacen para regresar a un equilibrio, para transformarse.

Todos continúan cargando su historia, sus anhelos. En Agua de Higuera nos espera de nuevo el campamento, y de pronto, te das cuenta que la meta está cada vez más cerca. Sin embargo, los últimos 30 kilómetros ponen a prueba hasta al más experimentado. Cuerpos con cansancio acumulado, pies lastimados por ampollas.

Pero algo muy particular sucede con el dolor que, cumpliendo su promesa de no abandonarte, te mantiene atento, en el aquí y el ahora. Y contrario a lo que uno pensaría, te inyecta fuerza, somete tus pensamientos negativos y los pone al servicio de la misión: llegar a la meta.

A lo lejos, por fin, sonríen las aguas del Mar de Cortés. La isla Ángel de la Guarda de Bahía de los Ángeles abre sus brazos pétreos dándote la bienvenida. Paso a paso, sigues. Imparable. Continúas hasta el fin de todo, hasta que el silencio cede al vitoreo de tus compañeros en la meta, y no sabes cómo, pero llegas.

Caminas adolorido, liberado, extasiado. Tocas las cálidas aguas del Golfo de California y con lágrimas en los ojos y una sonrisa renovada, miras todo de nuevo.

La belleza, lo sublime del acto. En silencio, agradeces la mágica experiencia, y descubres algo nuevo en ti: tu versión peregrina con una expresión pícara; una que ya espera la próxima expedición para salir y conquistar el mundo a pie.