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LUDOPATÍA: Una terrible adicción

Las adicciones tienen muchos rostros y una de las más peligrosas que existen es la adicción al juego, misma que si no se controla, puede terminar muy mal.


Escrito por: Walter Gassire
LUDOPATÍA: Una terrible adicción

Ella elige el nombre: se llamará Eugenia en esta historia que es la suya, pero que no puede compartir con su verdadera identidad. Es ludópata en tratamiento. Esto quiere decir que un día tuvo todo y hoy no tiene nada. En un periodo de tres años acabó con sus ahorros, vendió su auto, agotó sus tarjetas de crédito, malbarató obras de arte, vendió sus muebles, empeñó lo que pudo, pidió prestado y rentó su departamento para volver a casa de sus padres. “Me acabé todo en el juego. Menos mi casa, por fortuna, pero estuve a punto de venderla también.”

Eugenia es actuaria, soltera, tiene 38 años y trabajó, nada menos, que en una empresa de casinos como administradora general. “No me despidieron, ni mucho menos. Tuve que dejar el empleo cuando comencé la rehabilitación. Supongo que sabían, o por lo menos sospechaban, porque pasaba todo mi tiempo libre en las mismas máquinas de juego de la firma de casinos para la que trabajaba.” No es que cerrara la oficina, cruzara una puerta y ya estuviera en el área de juegos, aclara. “No. Las oficinas generales están en un lugar y los establecimientos son otra cosa. Quiero decir que al salir del trabajo, los fines de semana, los viernes por la noche, hasta los domingos, los pasaba jugando”. Nunca faltó a su trabajo, ni llegó tarde. Ni sus jefes, ni sus amigos, ni su familia pudieron advertir en ella algún cambio que anunciara la catástrofe. “Incluso se burlaban de mi ‘adicción al trabajo’, lo veían divertido. Y lo era. Al principio iba con ellos, con mis amigos y mi familia porque era la novedad”. Hasta que comenzó a mentir, a salir sola para ir a jugar; a ir de una sala a otra para que no la identificaran como cliente habitual. Pero ya lo era. “Durante poco más de tres años, no hice otra cosa que jugar… y pasar de la euforia del juego a la frustración, de ahí a la depresión y la angustia por tantas deudas”.

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La ludopatía es una adicción engañosa que disfraza el dinero. No es como el alcoholismo o la drogadicción cuyos efectos son evidentes. El ludópata puede evadir el problema en tanto tiene el dinero suficiente para pagar el juego, dice Carlos del Moral, logoterapeuta y presidente del Centro de Atención de Ludopatía y Crecimiento Integral (CALCI). “Pero el trastorno está ahí, y tarde o temprano alterará tu vida cotidiana, tus relaciones afectivas y tu propia estabilidad emocional”.

Sabe de lo que habla. Él mismo padeció el juego y hace varios años escribió un libro de anécdotas que publicó con el título de ¡Bingo! Me lo contaron ayer. Las lenguas de doble filo. “Son historias que suceden en los casinos. Todo lo que la gente es capaz de hacer para buscar un premio en dinero; sus amuletos, sus manías y sus propias tragedias”.

los ludópatas llegan a perder todo lo que poseen apostando.

Raquel Santos se sonríe, sólo de recordar todo lo que ha visto en sus jornadas de trabajo como hostess de casino en un centro comercial del norte de la ciudad. “No puedes creer lo que pasa allá adentro. Hay señores que llegan de traje y adentro se cambian para vestir su playera de la suerte. O sacan la foto de la esposa y los hijos. Otros hasta rezan. Las mujeres recurren más a las imágenes religiosas: la medallita de la virgen, el santito que colocan a la vista mientras juegan, un dije en forma de trébol que soban mientras juegan. Hay de todo…”. Ella admite que todo en los casinos está pensado para hacer sentir al cliente como en casa. Hay comida y bebida gratis. Atención constante. Siempre una sonrisa con el servicio. “Hay cámaras que están atentas y vigilan la calidad de nuestro trabajo. Nada de malos modos. Además, de ello dependen nuestras propinas, que son bastante buenas, y más si gana el cliente. A mí me han regalado hasta mil pesos”.

En sus constantes visitas a las salas de juego, Carlos del Moral aprendió a detectar a los adictos al juego: gente que pasa horas en las salas de juego, que frotan sus manos, sudan por la tensión, exhiben más excitación que la usual por el juego. Son hombres y mujeres que siempre pierden más de lo que ganan, porque la ‘recompensa’ no es el premio, sino la emoción de la apuesta. Con algunos de ellos, a los que convenció de que padecían un problema, formó su primer grupo de autoayuda: Jugadores en Recuperación. En adelante, ha empeñado su esfuerzo en advertir sobre los peligros del juego y difundir información al respecto, en foros públicos, medios de comunicación y conferencias, además de ofrecer terapia personal con base en la técnica de la logoterapia.

“No puedes parar”, dice Eugenia. “Es una ansiedad que no sacias hasta que recibes el cartón para el Yak, o te sientas frente a una máquina, inconsciente de las horas y el dinero que ahí gastas. Ganes o pierdas, nunca es suficiente. Volverás al siguiente día para no cortar la racha de suerte o corregirla. Cuando llegas a ese punto, los problemas ya comenzaron: ganaste 5 mil pesos un día y perdiste 10 mil el siguiente… yo vendí mi auto para pagar un préstamo de banco. Pero antes pasé por el casino. Quería apostar sólo mil o 2 mil pesos para probar suerte ese día y lo perdí todo: 60 mil pesos en dos días. Me quedé con la deuda del banco y sin auto”. Eugenia se dio cuenta que había perdido el control, pero no había tocado fondo. “Me sentía enojada, frustrada, pero dispuesta a seguir hasta recuperar lo que había perdido”.

Adicciones peligrosas

La Organización Mundial de la Salud define la ludopatía –o el juego patológico– como una enfermedad. Un trastorno compulsivo de la conducta que hace a la persona incapaz de resistir el impulso de jugar. Es un padecimiento crónico que avanza de manera progresiva hasta convertirse en una adicción con consecuencias devastadoras, tanto económicas como personales. De hecho, la Asociación Americana de Psiquiatría advierte que de todas las adicciones ésta es la que más relación guarda con las tendencias de suicidio.

Por eso, países como Estados Unidos y España, donde hay una industria del juego pujante y bien reglamentada, han admitido que se trata de un problema de salud pública. Como el tabaco o el alcohol, el juego es legal pero peligroso y cualquiera puede pasar del gusto a la adicción. Por eso hay campañas permanentes, números telefónicos de ayuda y centros públicos de atención. La preocupación no es gratuita. La Asociación Americana de Psiquiatría advierte que cada ludópata afecta a por lo menos seis personas de su entorno, ya sea por los problemas económicos que ocasiona o por los efectos psicológicos de la dependencia.

En México, en cambio, apenas se advierte su dimensión. Hay quienes calculan que hay dos millones de ludópatas, que el padecimiento avanza aceleradamente entre las mujeres, y que los niños y jóvenes corren el peligro frente al acceso sin restricción a las maquinitas que ahora se multiplican en las tiendas de abarrotes, papelerías y otros establecimientos comerciales ubicados en los perímetros de las escuelas. Pero son suposiciones, cálculos sobre la nada, porque en México no hay estadísticas ni estudios que exhiban el tamaño del problema.

“No tenemos la certeza de la medida en la que ha crecido este padecimiento, pero podemos asegurar que ya es un tema de salud pública y un problema social”, afirma Javier González Herrera, especialista acreditado en Estados Unidos como Gambling Counselor y director general de Samadhi, un centro de tratamiento integral para jugadores compulsivos con sede en Chihuahua, donde los adictos al juego pueden ingresar para su recuperación a programas de residencia que duran entre 30 y 45 días.

Como otros, Javier se convirtió en especialista en el tratamiento de jugadores compulsivos, luego de atravesar él mismo su propia experiencia, que llegó al punto de obligar su ingreso a un centro de recuperación en Estados Unidos. Sólo entonces pudo recuperar el control de su vida, volver a México y más tarde emprender el proyecto de Samadhi, donde ofrece un modelo de apoyo integral y multidisciplinario, “porque la enfermedad es multifactorial y no podemos atribuirla a una sola causa”.

Eugenia, por ejemplo, admite que su adicción al juego la disparó su sentimiento de soledad. “Aunque no lo creas, todavía es una bronca lidiar con la soltería después de cierta edad: tus amigas se casan, tienen hijos, su vida cambia y la tuya sigue anclada en la vida nocturna, salidas ocasionales con algún amigo o novio. Yo estaba segura de que eso no podía pasarme porque mi profesión me absorbía, mi trabajo me gustaba. Pero de pronto te topas con esa sensación de vacío y encuentras que en el juego la distraes. Todo comienza como una diversión más y termina en esto…”. Es un proceso en el que Javier González, como especialista en el tema, identifica distintas etapas.
La primera es la etapa de la ganancia; esto es, cuando la gente juega de manera controlada, dispuesta a perder o ganar sin alteraciones, porque el juego es una distracción más. En este periodo, sin embargo, se activan los resortes de la adicción en las personas con un perfil emocional y psicológico, bien identificado por los especialistas del Instituto Nacional de Psiquiatría y el hospital psiquiátrico Fray Bernardino Álvarez ; dos centros de salud pública que atienden actualmente la ludopatía.

De acuerdo con el doctor Armando Gómez, especialista privado en adicciones, las personas más propensas a engancharse al juego son aquellas con personalidad narcisista (egoístas, ególatras, que solamente piensan en sí mismos), trastornos límite de personalidad (inestables, cambian constantemente de trabajo, de pareja y sienten que nada los satisface) y trastorno disocial de personalidad. Ubica entre los 20 y los 25 años la edad con mayor riesgo y calcula que por cada mujer ludópata hay dos hombres.

Javier González agrega a la lista a aquellas personas con cierta inmadurez, que quieren obtener “las cosas buenas de la vida”, sin esfuerzo y recurren al juego para conseguirlas. “También corren riesgo las personas introvertidas, que pueden sentirse cómodas emocionalmente jugando, o las que, incapaces de manejar y enfrentar sus miedos, frustraciones, culpas o resentimientos, encuentran un escape en los casinos”.

Estas personas –pero no sólo ellas, aclara- son las más propensas a pasar a la segunda etapa: la de pérdida: “De pronto se dan cuenta de que han comenzado a perder recurrentemente y, no obstante, invierten más tiempo en el juego, apuestan más, descuidan la escuela, el trabajo o la familia, porque el juego se ha convertido en su prioridad, con el pretexto de buscar ganar para recuperar sus pérdidas”. Sin embargo, esto no sucede y entran a la etapa de la desesperación, en la cual buscan desesperadamente recuperarse de pérdidas. “Aquí ya las consecuencias negativas son mucho más marcadas: aislamiento social, depresión, ansiedad, sumados a los problemas económicos y entonces, aparentemente, la única solución es seguir jugando”. En este punto la persona, convertida ya en ludópata, sólo juega para aliviar el dolor. Así llega a la etapa de la desesperanza o el fondo del sufrimiento. Para entonces muchos habrán enfrentado divorcios, despidos, encarcelamientos, intentos de suicidio. “Sólo entonces nace en algunos jugadores compulsivos el deseo de dejar de jugar y pedir ayuda”, dice Javier González.

El tránsito de estas etapas dependerá de muchos factores, sobre todo, de la capacidad económica del jugador. “Algunos se llevan veinte años, otros uno, pero no hay manera de preverlo porque disfrazan su adicción mientras tienen dinero”. Sin embargo, aclara, hay jugadores que no llegan a la quiebra económica, pero sí a la zozobra emocional, que puede ser tan fuerte como la primera.

No obstante, dice el doctor Gómez, en la mayoría de los casos los pacientes no buscan ayuda por voluntad propia, sino forzados por su familia, frente a las graves afectaciones físicas y psicológicas que ya enfrentan. “Yo recurrí al respaldo de mi familia –confiesa Eugenia-, pero ellos ya se habían dado cuenta de que algo andaba mal. Para evitar sus preguntas, me desaparecía durante semanas, no contestaba el teléfono o sólo hablaba unos minutos con mi madre para tranquilizarla. Hasta que tuve que dejar mi departamento, como única salida para hacerme de dinero. Entonces tuve que confesar mi problema, renuncié al trabajo y volví a casa de mis padres. Pero no ha sido fácil, a pesar de la terapia. En cuanto tengo en mis manos dinero, lo primero que me cruza por la cabeza es un juego de Yak”.

Armando Gómez reconoce los síntomas porque, como en cualquier adicción, hay periodos de abstinencia con efectos físicos. “Los pacientes padecen dolor de cabeza intenso, cansancio, malestar gastrointestinal, pero los efectos psiquiátricos son más agresivos: irritabilidad, inestabilidad emocional, depresión, enojo, ansiedad, desesperación, siente mucha energía o mucho cansancio”. Por ello, no descarta medicar a sus pacientes con dopamina, que funciona como neurotransmisor cerebral antidepresivo.

Las reglas del juego

Carlos del Moral, de CALCI, y Javier González, de Samadhi, coinciden en que la ludopatía se ha extendido aceleradamente en México. No condenan el funcionamiento de los casinos, pero consideran que debe haber medidas de salud pública que reviertan los efectos del juego; sobre todo, una legislación adecuada, pues la Ley de Juegos y Sorteos, que norma la operación de los casinos en México, se remonta a 1947.

Samadhi lo sabe porque ha participado en su elaboración y aportado la experiencia de muchos años de trabajo, con un modelo de tratamiento avalado por la National Council on Problem Gambling (NCPG), con el que han atendido ya a más de 140 jugadores compulsivos de todo el país.

Eugenia no sabía de este centro ni del programa federal por venir, pero celebra todos los esfuerzos, porque “nadie te advierte que los casinos no son un juego de niños”.

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