Actualidad Trending
Estás leyendo:
Sexo y relaciones El tremendo placer de OBEDECER
¿Te gustó la nota?
Comparte este contenido
SUSCRÍBETE
Revista Impresa
Queremos complementar lo que más te gusta de tu revista digital.
SUSCRIBIRME A LA REVISTA No, gracias.

Sexo y relaciones

El tremendo placer de OBEDECER

Tras un largo día de ser el líder de un equipo, a X le gusta convertirse en el esclavo de Y ¿Es esto una práctica sexual común? Más de lo que crees…


El tremendo placer de OBEDECER

Amas, mistress o dominatrices; amazonas poderosas a quienes hay que obedecer sin titubear, a las que se ruega por disciplina y que, por al menos unas horas, regalen el infinito placer de volver a los hombres sus esclavos.

La experiencia es inusual para muchos. “Quiero que mi ama me saque a pasear por la calle, con mis manos esposadas a la espalda y cubierto por una capa; que nos sentemos en un bar y me humille públicamente delante de los empleados y los demás clientes, que me obligue a decir a cada momento a quién pertenezco, de quién es mi mente, mi espíritu y cada uno de los poros de mi piel”, responde a Open un alto directivo de una empresa multinacional cuando se le pregunta qué quiere que haga su ama con él.

Tras un día de ser el líder, nada más placentero que obedecer órdenes

“Quiero que me momifique, que me envuelva en cinta, que ponga algodones en mis orificios nasales y que selle mis labios con cemento de contacto; que me asfixie por inmersión o con una bolsa de nylon transparente para poder contemplar así el bello rostro de mi ama, mientras observo cómo me consumo”, continúa cada vez más excitado y sin la menor muestra de vergüenza en sus ojos firmes y poderosos. “Que me cuelgue de los genitales y me azote el pecho. Que espose mis muñecas, mis tobillos, todo mi cuerpo y lo encierre en un lugar absolutamente estrecho. Que muerda mis pezones al extremo con mi promesa de aguantar sin decir ‘rojo’…” Así continúa por diez minutos, cuando describe cada una de las acciones que intentará que su dómina practique en la próxima sesión. ¿No llama la atención que este poderoso hombre y fuerte confiese abiertamente estos deseos de ser dominado, torturado y humillado por una mujer?

Entre los que tienen el poder

En primera instancia, resulta interesante (aunque no es sorprendente) que la mayoría de las personas, hombres y mujeres, que se deciden por las prácticas de lo que se conoce como dominación y sumisión, sean de carácter fuerte y enérgico, con altos cargos laborales y posiciones de mucho poder; acostumbrados a dirigir y hacer cumplir sus “órdenes” a la mucha gente que tienen a su cargo, con lo que podríamos preguntar, ¿qué es lo que mueve a esta gente poderosa a querer ser dominado?

La D/S, siglas de dominación y sumisión, describe los comportamientos, costumbres y prácticas sexuales o eróticas centradas en relaciones de dominio de un individuo sobre otro, en las que existe consentimiento mutuo y, el contacto físico (que no siempre implica el castigo corporal o el abuso verbal o emocional) no es necesario. Incluso, la práctica se da por vía telefónica, correo electrónico o mensajería instantánea online.

En la D/S se emplean las denominaciones de sumisa o sumiso, en un caso; y las de amo/ama del otro, para identificar el rol y la postura de cada uno de los participantes.

La denominación dominatriz o mistress, es un término reservado para una profesional que domina a otros por dinero; mientras que dómina, suele usarse más en la llamada “dominación femenina profesional”, más cerca de la prostitución especializada.

Sobre sexo y los kilos de más

Otras denominaciones usuales son esclavo/a, señor/a, tutor/a y master/lady.

Si bien, las relaciones d/s implican principalmente la dominación de uno sobre otro, no desdeñan el uso de ninguna de las otras prácticas contenidas en el BDSM (siglas en inglés de bondage, disciplina y sadomasoquismo),tales como las ataduras, el fetichismo, las suspensiones, el sexo explícito, la humillación erótica y, sobre todo, el uso del binomio placer-dolor. Por eso, usualmente, tenemos la imagen del “esclavo” desnudo, de rodillas o atado con unos grilletes a la pared o colgado de los brazos, piernas o genitales, mientras su ama lo flagela o le clava sus tacones; mientras él, con la cabeza cubierta con una máscara de látex, suplica por más y agradece el tormento que ella le proporciona. Durante una sesión, los participantes acuerdan reglas para garantizar que la relación se realiza en un entorno de consenso y libre voluntad, por eso existen las “palabras de seguridad” (como la palabra “rojo” que el entrevistado promete no decir) mediante las cuales el dominante sabe que la protesta del sumiso es real y que desea detenerse.

“Todo el día soy yo quien tiene el poder y el control. Ella se lleva todo eso de mí y con cada mordisco, de alguna manera me devuelve el balance.”

Existe cierto acuerdo entre los psicólogos en que esta búsqueda de una figura sumamente erótica, que imparte disciplina y dominación, sería una respuesta a la constante presión que sufren algunos individuos que, por sus condiciones laborales, deben mostrarse poderosos, duros, enérgicos y seguros todo el tiempo; y que, como válvula de escape a dicha presión, se sienten liberados cuando pueden, voluntariamente, ser dominados y humillados por otra figura de poder en la que dejan su vida en sus manos y acatan sus decisiones.

“Cuando mi ama me pone el collar y la cadena, yo soy el perro”, explica B.E., presidente de una empresa, desde la cama de una clínica de cirugía estética, donde le curan las heridas que su dominatriz le produjo en la última sesión. “Todo el día soy yo quien tiene el poder y el control. Ella se lleva todo eso de mí y cada mordisco, de alguna manera me devuelve el balance”.

¿QUÉ TEMA TE INTERESA?