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Sexo y relaciones ¿Cómo es (o cómo te va) en el sexo después de los 40s?
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Sexo y relaciones

¿Cómo es (o cómo te va) en el sexo después de los 40s?

QUÉ SUCEDE CON LA VIDA SEXUAL CUANDO CUATRO DÉCADAS SE ACUMULAN EN LOS ARCHIVOS SECRETOS DE LAS HISTORIAS MASCULINAS. HE AQUÍ ALGUNOS TESTIMONIOS.


¿Cómo es (o cómo te va) en el sexo después de los 40s?

No es lo mismo Lyon o Hamburgo, que Irapuato o Celaya. El conservadurismo y su moralina rampante han fomentado en México inverosímiles niveles de desinformación, tabúes, miedos e incluso altos índices de eyaculación precoz, por no mencionar su nivel de responsabilidad en las enfermedades de transmisión sexual. Así, la vida sexual de muchos mexicanos es a los 40 muy distinta a lo que quisiéramos imaginar. Lo bueno, ciertamente, es que al parecer resulta una época de mucha actividad, en la medida en que la sexualidad acaba de ser redescubierta y comienza una etapa de compensación.

Cumplir 40 supone para la mayoría la última estación de plenitud física. Los 30 no fueron los 20, pero no hicieron tan evidente el declive. Menos si se tuvo la precaución de mantenerse en forma. Los 40, físicamente son cuesta abajo, digan lo que digan farmacéuticas y marcas de lujo. Si la dejadez, los excesos en comida y bebida, las demasiadas horas sentado y las pocas de sueño fueron frecuentes, la evidencia de lo anterior será más contundente. La vejez está a un paso –dicen–, y con ella sus consecuencias, por más verduras crudas, pollo a la plancha, jamón de pavo, rezos y multivitamínicos que consumamos.

pasión sexual

Por supuesto, cada etapa tiene sus ventajas. A los 40 también se goza de los hijos, o de los logros económicos y por tanto de los viajes largos y distantes, de los mejores vinos y coches, de hogares automatizados y mobiliario de diseño. Muchos fantasmas se han ido y en lo que tiene que ver con sexo, la experiencia hace mucho más intenso el disfrute. Aunque hay que reconocer que, probablemente, se hayan ido esas erecciones rotundas e incansables, de aquel miembro heroico y vigoroso que hasta hace unos años estuvo siempre alerta a nuestro lado. Sin que eso suponga claro está, que pasemos a convertirnos en saldos del mercado erótico.

¿Volverá a serme infiel?

Muerte y resurrección

Apenas cumplidos los 19, un pleito con la novia derivado de una infidelidad menor casi se convierte en tragedia. “Te amo, pero no te puedo perdonar”, le había dicho ella antes de pedirle que saliera de su casa y que no volviera. Destrozado, Ricardo no paraba de llorar. Arrepentido y aterrorizado ante la perspectiva de vivir con semejante dolor el resto de sus días, contempló la opción del suicidio. Pero antes de saltar al vacío habló con su papá y le pidió consejo. En tono grave y sin dejar de ningunearlo, éste le preguntó si era en serio eso de no querer vivir sin ella. “Pues cásate entonces. Cómprale un anillo, dáselo, proponle matrimonio. Yo creo que te perdona y sino, volvemos a platicar, o te llevo con un psicólogo. Pero ya no te azotes, y deja de llorar como señorita.”

Seis meses después tenían una boda y en tres años dos hijos. antes de Adriana, Ricardo no había tenido sexo propiamente hablando. a las novias previas apenas les había rozado los pechos por encima del suéter, con más ansiedad que deseo.

Al cumplir 20 años de casado, Ricardo no había tenido otra pareja sexual –tal vez por el recuerdo de aquel desliz temprano que tanto sufrimiento le produjo–. Pero una ocasión, que se haría repetitiva, su jefe lo invitó a una fiesta en un hotel capitalino. Se trataba de una especie de table dance privado, atendido por extranjeras. la pasó tan bien, que su patrón volvió a invitarlo poco después. Primero con timidez y luego con emoción creciente, hizo de la búsqueda y visita de burdeles su principal pasatiempo. llegó a ubicar más de 200 en la ciudad y en cuatro o cinco ciudades de la república. Según él, hizo mejores amistades que amantes, aunque reconocía que desde que comenzó con ese hobby, su sexualidad y él eran otros. había descubierto que entre más mujeres trataba, mejor se conocía. El sexo así, ligero y sin más compromiso que el pago puntual, era también un ejercicio introspectivo. la relación sexual con su mujer había mejorado sustancialmente. Ricardo defiende la prostitución y su función social con infinidad de razones y ha apoyado incluso múltiples lecturas. Sin embargo, haber alcanzado la plenitud sexual en la clandestinidad le provocaba inquietudes que lo orillaron al psicoanálisis. El hogar, el burdel y el diván le parecen hasta el momento un triángulo bien equilibrado.

pareja establecida

Matrimonio abierto

Su primer encuentro sexual terminó por convertirse en su esposa. Ella lo guió por territorios desconocidos e insospechados. Había pasado la vida estudiando., aislado del mundo, habitante de bibliotecas universitarias, Alberto llamó la atención de Leticia gracias a su inteligencia y erudición. La primera vez que salieron, lo llevó a un hotel y le cambió la vida. Entre los 25 y los 35 llegaron los hijos y una felicidad inmensa. Pero la década que arrancó con la felicidad pasó a la enajenación por el trabajo y al desasosiego. Ambos trabajaban sin descanso y el tiempo libre era para estar con los niños. En las postrimerías de los 40 ya no eran amantes, sino colegas, e intentaron remediarlo.

Lecturas, terapias y hasta drogas no surtieron efectos en términos de reactivación del deseo. Leticia insistía en que ella había recuperado el candor, pero para Alberto no era sino un intento de eludir una situación que parecía inminente: abrir la relación a otras parejas.

Los primeros intentos fueron en casa, de a tres. con un joven de 20 años, vecino. como un gesto de caballerosidad, Alberto había decidido que la atendieran primero a ella, así el tránsito a la apertura no sería tan traumático como lo habría sido en el caso de que inauguraran con Leticia mirando como él gozaba con una desconocida. Pero ella resultó incapaz de sentirse observada por su marido mientras alguien la penetraba.

Ni sensuales ni divertidas, esas exploraciones resultaron embarazosas y angustiantes. Alberto entendió algo que no había podido diagnosticar al conocerla: a pesar de ser su maestra en el sexo, Leticia era profundamente conservadora. Se negó a experimentar más. Luego aceptó que cada quien, sin enterar al otro, hiciera lo que le viniera en gana.

Alberto nunca supo si ella tuvo otras relaciones; él sí, y en uno de esos casos se enamoró perdidamente y optó por la separación.

Sexo tántrico

A primera vista, Valentín y Rocío parecen un matrimonio convencional. Ella es académica en el área de humanidades, y él algo que en los 90 se habría catalogado de yuppie. Fue corredor de bolsa en Reforma y luego en Wall Street. Renunció a su trabajo a los 32, con una razonable cantidad de dinero, y regresó a México a invertir con una puntería y fortuna que al paso de los años sólo le confirman que volver fue la elección correcta. Rocío, por su parte, ha tenido un destacado papel como académica y ensayista en México, Europa y Estados Unidos. Se conocían desde la secundaria. al iniciar la universidad, se reencontraron y comenzaron a salir. Se hicieron novios, se casaron y se fueron a Estados Unidos. Él a trabajar, ella a realizar un doctorado. Tuvieron tres hijos y una vida alegre y sin contratiempos. dinero, tiempo, juventud, belleza, cariño, confianza, comunicación, éxito profesional y salud. Una pareja un tanto inverosímil desde casi cualquier punto de vista. Además parecía que jamás habían tomado una decisión equivocada. Así se describieron ellos mismos ironizando un poco sobre su propia estampa. Pero precisamente alrededor de los 40 reconocieron que algo no andaba del todo bien: el sexo.

Había pasado de primer a segundo plano, luego cada vez era más esporádico y monótono hasta convertirse en algo muy eventual. Ambos coincidían en que era necesario reactivarlo. Lo primero que les vino a la mente fue una terapia de pareja. ante su sorpresa, los echaron del consultorio. No tenían nada que hacer allí, eran una pareja envidiable pasando por un período normal de reajuste.

Sin embargo, ambos intuían que las cosas iban de mal en peor. Occidente se daba por vencido; buscarían consultar otra civilización. investigaron acerca del sexo tántrico, ubicaron una instructora que los familiarizó con el Maithuna y arrancaron un programa de sesiones en privado. No tienen claro cuánto tiempo estuvieron ni cuántas sesiones practicaron; juran haber sido disciplinados y rigurosos con lo que se exigía, y sin embargo el deseo nunca reapareció. Había una sensación de mejora física notable y punto. Su vida erótica no experimentó la menor reactivación. Volvieron a intentar la terapia de pareja, esta vez con un hombre sumamente locuaz pero muy bien recomendado. “A la cuarta sesión nos preguntó si habíamos contemplado la posibilidad de un matrimonio abierto. No nos interesaba jugar al ojos que no ven corazón que no siente. No queríamos poner en riesgo la relación, pero queríamos tener más y mejor sexo, y entre nosotros algo se había esfumado. La pregunta del doctor hizo eco en ambos: ¿y si incluimos a alguien más en la relación? E intentamos tríos, luego probamos swingers de agencia, pero terminábamos muertos de la risa, al principio por nervios, luego por lo absurdo que resultaba; fuimos explorando y permitiéndonos, cada quien por su lado, conocer más personas y compartirlo todo entre los dos.” El inicio no fue sencillo; por primera vez, Valentín sintió la honda herida de los celos cuando Rocío le confesó que se estaba enamorando. Pararon esa relación pero mantuvieron la práctica: “Para mí con chicos más jóvenes, a veces alumnos, ha sido más fácil; me divierto, disfruto y me resulta más complicado involucrarme sentimentalmente, como sucedió en un principio”. Valentín no da mayor detalle sobre las peculiaridades de su libertad sexual, pero agrega que pensar en su esposa con otros y saber que efectivamente ocurre, la ha convertido a sus ojos en otra mujer, tanto o más deseada que en los mejores años.

Texto: Jorge Lestrade

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