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Cranston, el hombre de Breaking Bad

Su participación en distintos géneros lo ha vuelto uno de los hombres más importantes de Hollywood; dominar los personajes que acepta es sólo la muestra […]


Escrito por: Revista Open
Cranston, el hombre de Breaking Bad

Su participación en distintos géneros lo ha vuelto uno de los hombres más importantes de Hollywood; dominar los personajes que acepta es sólo la muestra del talento de un multifacético actor que se roba la escena a la menor provocación.

Por Manuel Meza

No hace mucho nos enteramos de la existencia de Bryan Cranston (Valle San Fernando, 1956), pero sorprende echar un vistazo a la interminable lista de trabajos que este increíble actor ha venido haciendo desde principios de los 80. La mayoría tal vez intrascendentes, pero asumidos y ejecutados con el profesionalismo de un trabajador comprometido con su oficio y con esa maquinaria de lejos tan monstruosa pero tan fascinante como es la industria del espectáculo: Hollywood, le dicen…

Podría pensarse que ser hijo de un actor fracasado te inocularía contra una carrera en que el rechazo es pan de todos los días y el éxito reservado para unos cuantos que mientras más dinero acumulan, más maldicen su suerte y huyen de los fotógrafos como los vampiros del sol.

Cranston pudo haber sido policía, pero asomarse al taller de actuación de su academia y darse cuenta que las chicas eran mucho más guapas ahí despertó -aparte de sus neuronas adolescentes- una vocación de la que aprendería a no esperar demasiado y a irse moldeando como un actor de cuadro, cuando mucho de soporte, en comedias simplonas, programas de misterio derivativos, telenovelas y materiales de los que tal vez no pueda presumir mucho, pero que le permitieron ganarse la vida y estar en el lugar donde podrían llegar mejores oportunidades.

Un hombre llamado Walter
Para que Walter White llegara inadvertidamente a su vida, tuvo que ganar solvencia en papeles como el dentista que despertaba cualquier cantidad de fantasías neuróticas en Jerry Seinfield, o el papá excéntrico de Malcolm in the Middle, serie en la que estuvo desde 2000 hasta el 2006. Pero antes ya en 1998, Vince Gilligan había visto el potencial de Cranston en un capítulo de la serie icónica de los noventa para la que él escribía y producía. En The X Files, Bryan interpretó a Patrick Crump, un pueblerino trastornado a quien termina explotándole la cabeza, literalmente. Gilligan quedó tan impresionado con su actuación que muy al principio de la creación de Breaking Bad, el personaje de Walter fue pensado en Cranston y cuando éste recibió el guión tuvo la certeza de que era algo que le cambiaría la vida.

“Este negocio es pura suerte –dice el actor-. La suerte es muy necesaria para tener una carrera exitosa, y la única manera de tener suerte es estar preparado para ella y no soltarla. Si abandonas el escenario, tus oportunidades disminuyen considerablemente. Nadie va a ir a decirte: hey tú, vendedor de seguros, te ofrecemos hacer esta película”.

“Walter es de esos personajes que toman las decisiones más terribles y hacen cosas horrendas, pero es capaz de provocar empatía en la audiencia. Sabía que quien fuera a interpretarlo tendría que tener esa habilidad”, comenta Gilligan. Y Cranston empezó a desarrollar el personaje desde la primera reunión con él: empezando por entender quién era, cómo se veía, cómo se conducía. Walter es un don nadie, un hombre que se siente más viejo de lo que es, invisible para sí mismo y para la sociedad.

Bryan Cranston hizo lo posible por desaparecer en esa nulidad personificada; primero con la ayuda de la caracterización, pintándose el pelo de café y haciendo su piel más pálida con ayuda del maquillaje. Probó con diferentes grosores y colores de bigote y decidió subir de peso hasta tener una complexión robusta. Finalmente trabajó en su postura, moviéndose como un hombre cargando pesadas piedras en los bolsillos.
El resultado fue sorprendente para todos, incluido él mismo: dice haberse horrorizado al ver el piloto de Breaking Bad y verse en esos infames calzoncillos blancos sin reconocerse, experimentando como espectador la tristeza, la impotencia y el cansancio de un hombre al límite, una especie de ave fénix tragicómico que sigue fascinando audiencias (recién terminó la quinta temporada) y que cambió para siempre su vida, convirtiéndolo en la estrella galardonada y en constante demanda que es en la actualidad.

El lujo de ser Cranston
Se ha dado ya el lujo de compartir escenas de desnudo con Julia Roberts en Larry Crowne (dirigido por Tom Hanks), alimentando la fama de nudista que le han endilgado sus compañeros de serie y a la que él responde sonriente que lo hace buscando un contrato exclusivo con alguna marca de ropa interior que aún no llega. Ha trabajado ya con Steven Soderbergh en la apocalíptica y plagada de estrellas, Contagio; con Nicolas Winding Refn en Drive, al lado del actor de moda, Ryan Gosling; con Tony Kaye y Adrien Brody en Detachment (todas las anteriores estrenadas en el 2011) y con Ben Affleck en Argo. Pero también ha hecho lo suyo en películas de impacto taquillero como Total Recall, Rock of Ages y John Carter.
Aparte de apariciones especiales en otros programas de televisión y películas, una actividad que Bryan Cranston ha desarrollado desde hace mucho tiempo es el doblaje y ha dirigido ya su primer largometraje: Last Chance (1999), un drama romántico escrito especialmente para Robin Dearden (su esposa desde 1989), además de capítulos de Modern Family, The Office y la misma Breaking Bad, que ahora también coproduce.

Su capacidad camaleónica, que a juzgar por Vince Gilligan lo mantuvo alejado de la fama, está intacta ahora que tiene estatus de estrella, cerrando el círculo y tal vez reivindicando el sueño trunco de Joe Cranston, el padre que los abandonó estando él y su hermano muy pequeños. En contraste, Bryan es un marido y padre de familia modelo cuya mayor pasión, aparte de la actuación, es el béisbol y asegura que la ventaja de ser una estrella es dar visibilidad a causas sociales que de otra forma sería difícil impulsar, como el matrimonio igualitario, que ha apoyado a través de Human Rights Watch.

Sus famosas trusas blancas tal vez no le hayan conseguido todavía un patrocinio, pero su Walter White forma ya parte del imaginario colectivo, al lado de aquella cínica ama de casa desesperada Nancy Botwin (Marie Louise Parker), en un mundo donde las drogas se han robado todos los protagónicos.

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