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STEVE CARELL – El hijo pródigo

Escrito por: Walter Gassire Gallegos

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TEXTO POR: MANUEL MEZA 

Su nariz prominente –herencia italiana– parecía condenarlo a la comedia, pero dejarse llevar por la corriente lo condujo a sortear retos para los que no sabía que estaba listo. Ahora es uno de esos fenómenos taquilleros que aprecia la crítica cada que asume un rol dramático y está en lo alto de las listas de directores que reconocen en él una rara mezcla de cómico de cine mudo con actor de carácter.

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Imaginen la cara de unos padres cuando el hijo menor les informa que quiere ser actor después de pasar años partiéndose el lomo para pagar las colegiaturas de las escuelas privadas. No por nada Steve Carell consideró entrar a la carrera de derecho por considerarla suficientemente respetable y económicamente rentable. La historia torció el rabo cuando al llenar la aplicación se encontró con una pregunta que él mismo no se había hecho a conciencia: ¿Por qué quieres ser abogado?

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No encontrar una sola razón para convertirse en profesional de las leyes cambió de tajo el rumbo del nativo de Concord, Massachusetts. También ayudó que sus progenitores le pidieran que pensara en algo que realmente disfrutara hacer y que lo primero que le viniera a la mente fueran esos sketches cómicos que hacía con el grupo universitario de improvisación Burpee’s Seedy Theatrical Company, donde Steven John Carell ejerció su falta de ambición superlativa en un terreno de experimentación constante, lejos de reflectores y junkets de prensa.

Que lo veamos ahora siendo la estrella de cine que nunca aspiró a convertirse fue un proceso que empezó en algunas participaciones televisivas y una audición que le cambió la vida cuando el ya cuarentón no tenía certeza de poder mandar a sus hijos a la universidad. Steve tenía 43 años cuando se estrenó The 40 Year Old Virgin (Apatow, 2005), pero ya había hecho televisión (The Dana Carvey Show, Watching Ellie) y algunos papeles en películas con impacto en taquilla (Anchorman: The Legend of Ron Burgundy, Bewitched), pero no con el peso protagónico que querían los creadores de Little Miss Sunshine (Dayton/Faris, 2006).

ANECDOTARIO

Pero la suerte les sonrió a todos cuando una vez filmada la película independiente donde interpreta a un depresivo profesor de literatura, el éxito de la comedia dirigida por Judd Apatow y de la versión estadounidense del sitcom británico The Office (2005-2013) eran ya una realidad apabullante: “Soy el tipo de persona –confesó sobre su repentino estrellato– que está siempre esperando que se caiga el otro zapato, así que no doy nada de lo que está pasando ahora –o que ha pasado en los últimos 15 años– por hecho. Sé que hay tan sólo una pequeña ventana de tiempo para que la gente siga diciendo que sí a las cosas que quiero hacer y no puedo creer que esa ventana aún no haya caído sobre mis dedos. Sin embargo, hay una línea para mí; nunca dejaré que lo profesional se filtre demasiado en mi vida familiar. Tengo que mantener las cosas balanceadas. Una sin la otra no tiene sentido para mí, así que ésa es la línea por la que siempre camino”.

Carell representa de manera genial al hombre americano promedio, experto en el arte de la autoinmolación y con una aproximación a la masculinidad –ahora bajo la lupa– que aborda la ternura con un dejo desolador que a veces resulta irritante (Dinner for Schmucks, The Incredible Burt Wonderstone) y otras veces funciona de tal manera que ponerlo a cámara frente a actrices de la talla de Julianne Moore (Crazy, Stupid,Love) o de la edad de Keira Knightley (Seeking a Friend for the End of the World) ni siquiera roza el despropósito.

Su comedia, que pocas veces abusa de gestos desbordados, podría haberlo acorralado en la repetición, pero así como Jim Carrey o Robin Williams, supo aprovechar los riesgos que algunos directores estuvieron dispuestos a correr con él. Como Bennett Miller al darle el papel de uno de los personajes más inquietantes del cine reciente; el John du Pont de Foxcatcher (2014). El director vio en él la capacidad de hacer lo que no había hecho antes y fue su agente quien lo propuso sin avisarle: “Bennet dice que tengo una personalidad pública benévola y Du Pont también la tenía. Creo que por eso me eligió”.

Cuando la película y su actuación fueron nominadas al Oscar, el actor confesó que mucho del resultado era gracias al trabajo de caracterización exhaustivo al que se sometía antes de filmar. Se cuenta que al llegar al set como Du Pont, el equipo le esquivaba la mirada y trataba de alejarse de él, lo cual resultaba perfecto para el aura repelente del personaje.

Tomándole el gusto a estirar su músculo interpretativo, Carell volvió a trabajar con Julianne Moore en el drama Freeheld (2015), donde interpreta al abogado homosexual judío que lleva a la corte la demanda de la policía lesbiana con cáncer terminal que exige a sus empleadores concederle su pensión como servidora pública a su pareja (Ellen Page). Dos años después, saltaría de ese espectro hacia el del machismo chocante en Battle of the Sexes (2017), la dramatización que Jonathan Dayton y Valerie Faris hicieron del caso real del duelo entre la tenista campeona del mundo Billie Jean King (Emma Stone) y el excampeón apostador empedernido Bobby Riggs (Carell).

Aunque –seguramente– nada le genere más millones que ser la voz de Gru en ese mar de minions que es Despicable Me, el nombre de este actor de 56 años está ahora en una película que ha cosechado ovaciones en festivales alrededor del mundo: Beautiful Boy, del director belga Felix Van Groeningen, quien adapta al cine las memorias de David y Nic Sheff donde desde sus puntos de vista describen el calvario familiar por la adicción a las drogas del joven interpretado por Timothée Chalamet.

Además, el próximo mes se estrena Welcome to Marwen, un drama que también se basa en un personaje real que fue víctima de un violento ataque en un bar y que utiliza su creatividad para escapar de su mundo incierto al recrear historias de guerra por medio de miniaturas que lo ayudan en su proceso de recuperación. Sobra decir que la factura de esta película está a la altura del derroche tecnológico en que el director Robert Zemeckis ha sido pionero.

Algo que ha tenido claro Steve para sobrevivir en una industria tan competitiva es dejar que las cosas fluyan y tomar decisiones basadas en la intuición, sin seguir una ruta ya trazada por otros o por un agente sobreprotector. Que la fama le haya llegado estando ya casado y con su carácter formado, ha servido para que sus pies se mantengan al ras del piso: “Nunca me ha importado ser tomado en serio. Yo sólo me veo a mí mismo como un actor. La mayor parte de mi carrera he tomado lo que me han ofrecido y siempre me he sentido más cómodo como parte de un colectivo, ya sea de comedia o de drama. Me gusta integrarme, es mejor que sobresalir”.

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