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Robert Downey Jr. – The Alpha Brat

Escrito por: Revista Open

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Por Manuel Meza 

Las oportunidades de redención que ha recibido el actor lo han vuelto más que un áve fénix. Ha sido como un gato con las suficientes vidas como para demostrar con su talento que es un elemento indispensable para la industria de Hollywood.

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Se convirtió, a finales de los ochenta, en el poster-boy deambulatorio de fiestas y antros californianos, con las pupilas dilatadas y el proyecto de cadáver prematuro escrito con mayúsculas en la frente. Sus ojos castaños fueron el retrato perfecto del bizarro universo que Bret Easton Ellis plasmó en su primera novela, Less Than Zero (1985). A pesar de la lejanía de la adaptación cinematográfica que hiciera el director Marek Kanievska de su ácida referencia literaria, el Julian de Robert Downey Jr. no sólo encapsulaba el sin rumbo de una generación, sino que era una versión muy poco exagerada de la realidad del entonces joven actor.

Neoyorquino nato, hijo de un progresista director de cine independiente y de una actriz, hizo su debut a los cinco años en una película de su propio padre, Pound (1970), interpretando a un cachorro que pregunta a un perro calvo si tenía vello en los testículos. La marca familiar no terminó ahí; también su excéntrico padre lo introdujo en el mundo de las drogas, ofreciéndole una fumada a su cigarrillo de mariguana cuando apenas rozaba los diez años. “La mariguana estaba en nuestra despensa como el arroz”, mencionó en una entrevista para televisión. Confiesa no haber tenido que esforzarse mucho para lucir como el personaje para el que audicionaría en Less Than Zero y asegura con sarcasmo haber dedicado los próximos diez años de su vida a investigar sobre un personaje que ya había interpretado en pantalla.

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Después de ese papel, su filmografía se iba formando de demasiados trabajos olvidables que pagaban la renta y su creciente adicción a las drogas, pasando por comedias románticas que intentaban explotar esa estela de popularidad dejada por el famoso Brat Pack (del que Robert parecía querer convertirse en mártir involuntario) a comedias de acción donde conocería a la estrella del género en ese entonces: Mel Gibson, a quien se refiere como lo mejor que pudo sacar de esa mediocre experiencia.

Pero además de una carrera construida sobre el delgadísimo hilo de la sobriedad, Downey Jr. también intentaba construir una familia con la actriz Deborah Falconer, con quien concecibiría a su hijo Indio en 1993 (y quien debió sobrellevar la escalada de adicciones y problemas con la ley, que enfrentó el actor por más de una década). La atención mediática y la tirante relación de Robert con los jueces fue equivalente al circo que hoy se vive con Lindsay Lohan, con la diferencia que la también neoyorquina no ha sido nominada al Oscar, como lo fue Downey por su increíble papel de Chaplin (Attenborough, 1992).

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 Stan Lee y su súper legado en cifras

El director británico vio en el actor todas las posibilidades técnicas y atributos físicos que necesitaba para representar el genio de Charles Spencer Chaplin, pero además Robert hizo uso de todos sus recursos como nunca antes lo había hecho en ninguna otra película: volvió a entrenar ballet (que estudió de adolescente en Londres), leyó la autobiografía en la que se basó parcialmente la película y todo el material bibliográfico existente, vio todas y cada una de las cintas de Chaplin y quedó sorprendido del genio, la versatilidad y entrega del primer gran genio del cine mundial. No se llevó la estatuilla dorada, pero demostró que era capaz de interpretar papeles que demandaban mucho más que presentarse a un set cinematográfico y recitar líneas de memoria de manera mecánica, confiado de su carisma y presencia escénica.

“Sé muy poco de actuación. Sólo soy un farsante increíblemente dotado”, dijo en algún momento. Pero su caótica vida personal era casi imposible de ocultar. Pudo trabajar con Oliver Stone en Natural Born Killers (1994), con Mike Figgis en One Night Stand (1997) y protagonizar la segunda película como directora de Jodie Foster, Home for the Holidays (1995). En ambas, interpretó el papel de homosexual. En algún momento de la filmación de esta última, Foster le advirtió de los riesgos de su estilo de vida. Su actuación más relajada se la debía a una droga llamada heroína negra. “No me preocupa tu actuación en esta película”, le dijo Foster. “No estás perdido ni fuera de papel, estás dando una gran actuación. Lo que me preocupa es que pienses que puedes seguir haciendo esto en otros proyectos y salirte con la tuya”. El actor sólo evadió el tema.

Con sus adicciones y su comportamiento fuera de control, se volvió una visita regular de las cortes californianas. En una de ellas, Robert resumió con una candidez desarmadora su problema ante el semblante frustrado de un juez: “es como si tuviera una pistola en mi boca, oprimiendo el gatillo y disfruto el sabor del metal”. Su adicción al peligro parecía no tener fin, pero pudo trabajar –gracias a un permiso judicial- bajo las órdenes del británico Neil Jordan en el estilizado thriller In Dreams (1999), compartiendo créditos con Annette Bening y se dio el lujo de revitalizar la serie de televisión Ally McBeal como el interés romántico de la abogada Calista Flockhart. Aunque no fue por mucho tiempo, ya que sus problemas con la ley no pararon. Fue despedido en 2002.

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Como ave fénix

El mejor actor de su generación, como fue señalado en su momento por un periodista del New York Times, pasó 18 meses en prisión, que también daba techo a otra celebridad de Hollywood: Charles Manson. Parecía que Robert nunca recuperaría el estatus que ya había alcanzado Sarah Jessica Parker, su pareja durante siete años (en los años ochenta), con la franquicia Sex and the City, pero su rumbo empezó a enderezarse un poco después, recuperando la confianza de productores y avistando desde su celda la necesidad de rehabilitares de una vez por todas. “No es difícil superar todos esos problemas de adicción. Lo difícil es tomar la decisión”, aseguró en entrevista a Oprah Winfrey, en 2004. Y en lo que podría llamarse una época de resurgimiento, Robert trabajó en proyectos de alto perfil –dirigido por George Clooney, Richard Linklater y David Fincher- en cintas con cierto éxito comercial y de crítica.

Sin embargo, su estatus fue catapultado gracias a un personaje creado por el genio de la historieta Stan Lee, e inspirado en el magnate Howard Hughes: Iron Man. John Favreau, director de la película, dijo haber elegido a Downey Jr. por su pasado turbio: “Robert brinda una profundidad que va más allá del héroe de historieta que tuvo problemas en la escuela o que batalla para conquistar a una chica… él hace de Tony Stark un cabrón que cae bien, pero además muestra un auténtico viaje emocional con el que conquista a la audiencia”.
En plena forma, sobrio y casado con la productora Susan Downey, con quien tuvo el año pasado su segundo hijo Exton Elias, el actor ahora va del súper héroe cínico y carismático, al actor serio en películas independientes como The Soloist (Wright, 2009), de comedias disparatadas como Tropic Thunder (Stiller, 2008), donde hace una hilarante parodia de los actores de método, a Due Date (Phillips, 2010)– del creador de la franquicia The Hangover (2009), o forma parte del regreso a buena forma del director británico Guy Ritchie, con su exitosa versión del icónico investigador británico Sherlock Holmes (2009). Secuelas aparte (luego de la segunda de Iron Man, la tercera se estrena este mes y ya se encuentra en plena cocción The Avengers); también se rumorea que él será la voz de Pinocho en la esperada adaptación que prepara el mexicano Guillermo del Toro, luego de que no se concretara su participación como director de The Hobbit: An Unexpected Journey (Jackson, 2012).

Todo esto se da contra cualquier pronóstico y sin necesidad de la cienciología o algún otro sucedáneo de fe. Simplemente, aprovechando la enésima oportunidad de redención que le ha ofrecido la vida a quien, si no es el mejor actor de su generación, de seguro es el que ha corrido con más suerte, tomando en cuenta lo implacable que es la industria del cine con esas criaturas que, como insectos, se deleitan con la miel del éxito ignorando lo que a lo lejos se divisa como unos afilados dientes y un profundo esófago. Tal vez piensen que nunca caerán en esas fauces, pero los finales de esas historias siempre están escribiéndose ante nuestros ojos.

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