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Deconstruyendo a Michael Jackson ( Parte 1)

Escrito por: Walter Gassire Gallegos

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Texto e Ilustraciones por: Manuel Meza 

A diez años de su fallecimiento, el nombre de Michael Jackson vuelve a acaparar titulares y no por las razones que su familia y sus seguidores quisieran. Un documental ha vuelto a abrir la herida más grande que el artista haya tenido que enfrentar en vida, poniendo en riesgo su legado y enfrentando a la opinión pública…

Aquellos nacidos en la era analógica conocimos a Michael Jackson en forma de vinilo. En el umbral de la convulsa pubertad, con las hormonas obstruyendo nuestros poros, nos inquietaba la imagen reluciente de ese rostro moreno desplegado en el arte del disco mostrando al afroamericano en traje blanco, con un halo de luz coronando su figura y destellos escapando  por su melena rizada. Entre cómics, películas de terror y videojuegos, el embeleso con Jackson se consolidó a partir de videos musicales que ahora se celebran como revolucionarios y que abrieron la puerta a un fenómeno que hoy damos por hecho en el que si la música no es acompañada de visuales sofisticados, somos renuentes a dejarnos seducir por ella.

 

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Michael Jackson en números

 

Para cuando esa generación MTV  tuvo más conciencia como consumidor, la propuesta musical de Michael Jackson estaba del lado opuesto de la tendencia dominante, pero su poder como figura popular estaba ya tan consolidado que él marchaba a su propio ritmo y los demás le seguían como abejas a la miel. Que el grunge fuera el género musical dominante en los años 90 le hacía a Jackson lo que el viento a Juárez y mientras deslizaba sus pies hacia atrás en los escenarios mundiales, vestido como una versión glam del soldadito de El Cascanueces, el nativo de Indiana caminaba por la luna de su estatus de superestrella convertido en leyenda viva, alguien que desafiaba todas las reglas atribuidas a la raza, al género y al legado musical con el que había iniciado su carrera, mezclando el motown, el blues y el jazz con el rock y el dance como nadie lo había hecho antes.

Su genialidad como músico, productor y bailarín debieron haberlo convertido en el próximo Elvis Presley, pero sus evidentes cambios físicos desviaron su destino de símbolo sexual hacia un pedestal diferente, una especie de deidad ambigua, una bestia benévola que cambiaba de color de piel y de forma de nariz ante los ojos de quienes no sabíamos qué hacer con esa metamorfosis, pero que estábamos ya –indefectiblemente– hechizados por el rey del pop.

 

 

EL REY SOLITARIO

La fascinación con la realeza sucedánea, alimentada a base de una parafernalia del exceso contrastaba con los desplantes entre rabiosos y depresivos de figuras del rock que en esos momentos generaban otro tipo de encantamiento para un público nicho. Y parecía que el destino trágico de artistas como Kurt Cobain o Layne Staley eran impensables en alguien de un optimismo a prueba de todo, a pesar de las historias sobre su vida como niño genio y la soledad a la que el estrellato había condenado al menor de los Jackson Five –que en realidad eran nueve– y que se convirtió en sustento de una familia liderada por un tirano llamado Joseph.

Las historias de golpes y abusos del patriarca fueron saliendo a la luz de boca de las hermanas de Michael (primero La Toya y luego la menor, Janet) y de él mismo en aquella entrevista transmitida en vivo por Oprah Winfrey en el rancho Neverland en 1993, poco antes del primer brote de denuncias surgidas a lo largo de su carrera acusándolo de pedofilia, mismas que su enorme aparato legal fue capaz de combatir por todos los medios posibles. Pero las dudas hicieron sombra a todos los logros que como artista llegó a conseguir hasta el último de los 50 años que vivió.

 

 

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