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estafa trabajo desde casa

La gran estafa

Escrito por: Guillermo Heredia

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En un país regido por el ‘presidente del empleo’, con un secretario que afirma que con seis mil pesos uno puede vivir bien, existen 2.5 millones de personas desempleadas, susceptibles de ser víctimas de un fraude.

Los anuncios llenan casi una plana completa del diario. Se trata de ofertas de empleo consistentes en inflar pelotas, armar cajas de pasta dental, vestir y empacar muñecas, empacar tarjetas telefónicas, llenar botellas con chocolates o armar pinzas para tender ropa; todo, por pagos que van de los dos a los ocho pesos por pieza.
Parece un negocio honrado, ideal para quien, por su edad y los criterios de los empleadores, ya no aspira a ser contratado. O para quien desea completar o mejorar el gasto familiar trabajando desde casa. La empresa promete capacitación, además de entregar a domicilio el material necesario para el trabajo y las bolsas para el empaque.

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Las citas para esas ofertas de trabajo suceden en una oficina ubicada en la calle José de Emparán, en la colonia Tabacalera de la ciudad de México, donde una ‘licenciada’ entrevista a varios aspirantes a la vez; a ellos les explica de manera muy primitiva lo que en Wikipedia aparece bajo el rubro de outsourcing; es decir, que son una empresa que recluta personal para grandes marcas, las cuales encuentran una manera creativa de tener mano de obra a buen precio sin tener la carga que implica el pago de prestaciones.

Aquello parece muy serio. La licenciada les advierte que se les harán visitas de inspección a los domicilios, para verificar que exista suficiente espacio y limpieza para trabajar, así que nada de perros o gatos encima, ensuciando la mercancía. La gente es citada para el día siguiente, pero esta vez se trata de una sesión en la que participan no menos de 30 aspirantes junto un monitor/capataz que les advierte que evaluará su entusiasmo.
“¿Qué es mejor, ser positivos o ser negativos?”, pregunta el conductor a los participantes, de quienes espera una respuesta rotunda y a coro: “¡positivos!” Todo consiste en una plática motivacional de cerca de dos horas y media, con preguntas a las que nadie podría responder de mala forma. “¿Hay que echarle qué…?”, “¿Entre más trabajes más qué…?” “Pues ganas”.

En algún punto, todo se detiene. El reclutador selecciona a un puñado de los presentes, a quienes conduce a otro salón. Al volver, le comunica al resto en un tono afectado que aquellos han sido dados de baja pues no tienen la actitud que se necesita. Por supuesto, al grupo en la otra habitación se le felicita y se le da la misma versión sobre los que se quedaron.

Convertidos en emprendedores, todos reciben un cuarto de hoja tamaño carta, impresa con el nombre de la empresa, ‘Centro de Capacitación Platinum, y sellos de “Aceptado”, “Felicidades”, “Bienvenido”. Han sido aceptados, así que llegó el momento de especificar en qué desea uno trabajar. “Muñecas”, “pinzas”, “chocolates”, escribe cada quien, según su deseo. Sigue el examen psicométrico, piensa uno, pero no.

A partir del siguiente día hábil, comienza la capacitación; consiste en un curso de superación personal de cinco días, cinco horas diarias, al cual los afortunados tienen que presentarse con solicitud de empleo elaborada, copias fotostáticas de acta de nacimiento y credencial del IFE; dos fotografías y 100 pesos para que, de una vez, el Departamento de Personal les haga dos credenciales.

Los primeros dos días, el curso transcurre como en el interior de un programa de concursos en el que se alienta la participación y se consume la energía de los presentes, se elimina cualquier indisposición y pensamiento negativo (quien exprese dudas es apartado para que no contamine a los demás). En algunos tramos, el ambiente se vuelve sumamente emocional; se apela a los lazos familiares, a la culpa por asuntos no resueltos y se genera una catarsis que prepara todo para la ‘prueba laboral’ que antecede –ahora sí- a la firma del contrato para inflar pelotas y vestir muñecas.

Convertido aquello en un Survivor del empleo, los que quedan son informados que como último examen deberán vender 30 fragancias con un precio que, supuestamente, Profeco tiene fijado en mil pesos; aunque ellos, comprometidos con la gente que quiere emplearse, les permitirán que sólo sean 20 y además les darán un precio especial de sólo 500 pesos, lo cual pone a todos en un estado de ansiedad por lo alto de la meta.
Compungido, uno de los monitores sale para tratar de hacer algo. Y lo logra. Radiante, vuelve a la sala donde avisa a los empleados que el dueño de la empresa ha accedido a que la prueba sólo incluya seis fragancias, así que sólo hay que volver con tres mil pesos al día siguiente para llevarse unas botellas de perfume barato sin marca visible…

Pocos llegan más lejos que eso, pues no logran reunir el monto. La mayoría se queda en el trámite de las credenciales que suele ser concretado por entre 60 y 100 personas al día, lo que arrojaría un lucro no menor a seis mil pesos diarios para quienes organizan el negocio.

Quien sea lo suficientemente persistente y consiga vender los perfumes, podrá graduarse, ahora sí… previo pago de 600 pesos por costos de “publicidad”. La mercancía no llegará nunca al domicilio; el pretexto es que los representantes de las empresas que tanto necesitaban la mano de obra al principio se encuentran de vacaciones o haciendo los trámites necesarios para la incorporación laboral. Para ese momento, la persona que necesitaba trabajo para amortiguar su situación económica, habrá perdido mucho más de los 3 mil 700 pesos que le estafaron.

Ahora Google te pondrá fácil encontrar trabajo

Nuevo delito

Diariamente, sólo en la ciudad de México se publican, en diferentes periódicos de circulación nacional, unos 70 anuncios que ofertan empleos falsos. El presidente de la Comisión de Administración y Procuración de Justicia de la Asamblea del Distrito Federal, Julio César Moreno, tiene cifras de que en el segundo semestre de 2010 se iniciaron 5 mil denuncias por fraude laboral, lo que llevó a adicionar en abril pasado un artículo al Código Penal para el Distrito Federal, con tal de imponer sanciones de seis meses a diez años de prisión, y de 400 a 4 mil días de multa “a quien con fines de lucro para sí o para otra persona, por medio de engaños ofrezca un empleo que resulte falso o inexistente en perjuicio del patrimonio del solicitante”.

Lo que en todo caso ha impedido sancionar a estafadores es que se amparan en documentos firmados de manera voluntaria por la gente, a manera de contrato, pero sin que se dé en realidad una relación contractual o laboral que establezca claramente los requisitos que debe cumplir el candidato, para aprobar la capacitación y entonces desarrollar las actividades que, según se ofrece inicialmente, se realizarán desde casa.

Por Juan Carlos Romero

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