Sexo y relaciones

El verdadero “sexo oral”

por Walter Gassire Gallegos

El sexo produce una fascinación de magnitudes insospechadas; además de provocar el deseo carnal, escuchar las historias que los otros tienen para contar alimenta nuestras fantasías bajas, a veces más que un simple orgasmo.

Nos gusta el sexo y nos gusta desnudo. Pero todavía más nos gusta saber del sexo. No es para nada fortuito el hecho de que a lo largo y ancho de la red continuamente aparezcan fotos en las que celebridades “por casualidad” aparecen mostrando sus partes íntimas sin ningún tipo de censura; para que éstas adquieran la fama que poseen, necesita haber un público ávido de observarlas y que cada viñeta pornográfica se vuelva un objeto de escrutinio exhaustivo.

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Este fenómeno encuentra muchas respuestas en la infinidad de tabloides que se sumergen en las vidas ajenas, exponiéndolas, desmenuzándolas. Esa extraña fascinación por conocer cualquier cosa ajena desde luego origina también una necesidad de conocer lo que ocurre en otras alcobas. De hecho, mucho más que volvernos el objeto de atención a la hora de revelar cómo en los rincones más oscuros de una ciudad dormida nos topamos con un amor fugaz, uno encuentra un placer mucho mayor en convertirse en público de alguna historia subida de tono por parte de compañeros de trabajo, amigos e, incluso, algunos familiares. Y es que el sexo por sí mismo es toda una delicia, sí; pero todavía resulta mucho más exquisito aquel que, mientras lo escuchamos de la boca del otro, vamos reproduciendo a nuestro antojo, con un escenario personal y personajes que nuestra mente construye.

El verdadero sexo oral
Para la mayoría de las personas, esto se debe a una necesidad de comparar los parámetros sexuales de uno con el de otros. “Para mí, más que una necesidad, es una curiosidad. Cuando alguien comienza a relatar una de sus aventuras sexuales, imagino si yo podría hacerlo”, asegura Susana, quien admite que después busca poner en práctica algunos de los ‘trucos aprendidos’ en los relatos. También resulta seductor conocer estas prácticas, a veces limítrofes, pues se apegan a la máxima de conocer al otro; en todo caso, lo que puede asumirse sobre alguien más y qué tan perversos pueden llegar a ser. Además, claro, para conocer un panorama más amplio sobre las barreras que pueden romperse con el sexo.

Adivinar qué ropa interior lleva esa chica, cuál fue su última aventura o dónde terminó por consumar la conquista que obtuvo en tal o cual antro, es sólo el principio de la mejor forma de fantasear. Pero cuando la chica en cuestión comienza a revelar algunos detalles, nuestro cerebro arranca como el motor más potente y, a ése, no hay quién lo detenga.

Por Guillermo Valenzuela