Sexo y relaciones

El sexo monógamo ¿costumbre o amor?

por Guillermo Heredia

¿Te imaginas que en algún momento puedes dejar de tener ganas de hacerle el amor a Kate Moss si fuera tu novia? O, ¿piensas que podrías llegar a mirar a Scarlett Johansson cuando sale desnuda de la cama por la mañana, sin el menor deseo, ya acostumbrado? Como sabemos, hay alguien en esta tierra que ya está cansado de acostarse con las súper modelos o de mirar desnuda a la bellísima actriz. Parece ser que siempre pasa, pero ¿por qué?

Hay un dicho muy extendido que dice que “Hasta aquél que come caviar todas las noches, quiere cada tanto comerse un taco”. Esto significa que todos nos podemos aburrir. La pregunta entonces sería, si la declinación –casi inevitable– de la frecuencia en las relaciones sexuales de una pareja, ¿es un síntoma de la pérdida del deseo entre esas personas? O si acaso, nos indica que la relación se está afianzando y formalizando. ¿Qué es lo que hace que en determinado momento disminuya la cantidad (y calidad) de nuestros contactos sexuales con una misma pareja?

A partir de cierto momento uno empieza a pensar en otras cosas en relación a la pareja. “Ya no es sólo el sexo lo que importa; la relación deja de estar basada en la atracción física, en la excitación del principio. Nos hacemos más amigos y nos conocemos más… compartimos otras cosas”. Mientras tanto, una estudiante de 23 años nos confiesa que para ella el asunto se vuelve rutinario. “Es como que con el transcurso del tiempo, el sexo con tu pareja se vuelve algo común, de todos los días, pierde gracia”, confiesa en medio de una risa nerviosa.

Unos dicen que después de haber liberado la tensión sexual de ‘las primeras veces’, aparecen otras cosas que mantienen la cohesión entre dos individuos, colocando al sexo en otro plano. Si esto no ocurre, la pareja se esfuma. “No es falta de deseo”, afirma sin titubear Sebastián P, y continúa, “…es la falta de novedad. Yo, a mi mujer la amo indiscutiblemente y me encanta, pero no me resulta ninguna novedad hacer el amor con ella. Aunque me guste. Es como cenar siempre en el mismo restaurante de lujo, uno termina aburriéndose aunque la comida sea excelente”.

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Puede ser que, como ellos dicen, a lo largo de la relación el sexo va perdiendo protagonismo y se vuelve rutinario. Hoy en día, el concepto de ‘mantener activa nuestra sexualidad’ está absolutamente de moda en los medios de comunicación. Y los sexólogos que dan consejos milagrosos y salvadores se reproducen como hongos. “Hay que innovar, proponer, reinventar, crear y cambiar nuestros hábitos o formas sexuales para mantener el fuego en una relación”, espetan. ¡Todo un trabajo! Lo cierto, al margen de las tendencias y lo molesto de toda esta labor, es que al agotarse el ‘fuego’ inicial se requiere del esfuerzo de, al menos, una de las partes para hacer que la novedad se perpetúe el mayor tiempo posible.

Aunque, dicho de distintas maneras por distintos actores de este drama universal, todos de una u otra forma sostienen que la repetición, lo conocido, la falta de novedad o la rutina, contribuyen al fenómeno de la disminución de la actividad sexual en una pareja (descartando, claro, los problemas particulares de cada quien como infidelidades, falta de amor y deseo o indiferencia). Pero, ¿acaso esas características del fenómeno de una relación sexual, no son consecuencias del tiempo que ha transcurrido en esa relación y de su profundización? En pocas palabras, la rutina que parece llevar al cambio en nuestras relaciones sexuales de pareja, ¿es el resultado del tiempo transcurrido con una misma persona? Si la respuesta es sí, podríamos definir positivamente que el sexo es a una relación, lo que el carbono 14 es a la Geología: un medidor del tiempo pasado.

En conclusión, no te sientas mal si evitas estar con otros cuerpos pero sí piensas en ellos cuando te tocas; busca todas las formas para dar la vuelta a tu relación ¡jueguen!, busquen lugares diferentes, miren pornografía juntos; en fin hay mil y un cosas para salir de la monotonía antes de dar un “mal paso” o decidir cerrar una relación que, por otras cosas más, vale la pena mantener.