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El misterioso adiós de Daniel Day-Lewis

Escrito por: Walter Gassire Gallegos

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Ilustración y texto: Manuel Meza

“Le enseñé a uno de mis hijos, que está interesado en componer música, la película Tous Les Matins du Monde, acerca de la renuncia del compositor Sainte- Colombe a aceptar menos que lo extraordinario de sí mismo y de los demás. No me atrevo a usar la manoseada palabra ‘artista’, pero hay algo de esa responsabilidad que cuelga sobre mí. Necesito creer en el valor de lo que estoy haciendo…”

A todo el mundo sorprendió el comunicado que Daniel Day-Lewis emitió en junio del año pasado para anunciar su retiro definitivo de la actuación. Pero lo más sorpresivo no fue la noticia, que sirvió para despertar mayor interés en la que será su última película y segunda colaboración con Paul Thomas Anderson (California, 1970): Phantom Thread. El hecho mismo de tomarse la molestia de emitir un comunicado haciendo pública su decisión resultaba una anomalía para alguien tan reservado.

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Daniel Michael Blake Day-Lewis (Reino Unido, 1957) mencionó que el comunicado era una manera de poner punto final a su carrera en los sets. De los escenarios ya se había despedido hace más de 30 años, cuando en medio de una función donde interpretaba a Hamlet sufrió una crisis nerviosa que lo hizo abandonar el teatro para siempre.

El final del segundo acto de su obra épica como el mejor actor del mundo –algunos dicen que después de Laurence Olivier (1907-1989)– ha sido interpretando un papel inspirado en el icónico diseñador español Cristóbal Balenciaga (1895-1972), para el que Daniel aprendió a coser imitando sus famosos vestidos. Su obsesiva técnica para abordar los personajes es ya parte de la mitología de Hollywood, misma que explica en mucho su selecta filmografía, incluso en tropiezos involuntarios como Nine (Marshall, 2009), el musical inspirado en Federico Fellini y cuyo protagónico iba a ser para Javier Bardem, pero que tuvo que abandonar por agotamiento. Para sorpresa de muchos, Day-Lewis mostró interés en el papel y, como en el resto de sus películas, se mantuvo dentro del personaje y no dejó su acento italiano hasta terminar la filmación.

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Hijo del renombrado poeta Nicholas Blake y la actriz Jill Balcon, Daniel fue un chico problemático que mostró desagrado por los internados de élite, pero al encontrar la actuación vio que funcionaba como una especie de exorcismo. Su enfoque y talento innatos llamaron la atención de sus maestros, como el director John Hartoch, quien lo conoció en la Bristol Old Vic School: “Había algo en él desde entonces. Era callado y amable, pero claramente enfocado en la actuación. Había mucho debajo de esa apariencia de quietud. Hubo una actuación en particular, cuando los estudiantes montaron una obra llamada ‘Class Energy’ donde él realmente parecía que brillaba y nos quedó claro a todos que teníamos entre nosotros a alguien especial”.

Day-Lewis comparte generación con Gary Oldman, Colin Firth, Tim Roth y Bruce Payne. Todos ellos reconocidos actores, pero ninguno con ese aura de misterio que ha rodeado a Daniel desde que conquistara a las masas y a los críticos con dos estrenos simultáneos en 1985: My Beautiful Laundrette (Frears) y A Room with a View (Ivory). Dos papeles opuestos que mostraron de golpe el rango del británico; de punk homosexual a aristocrático reprimido, Daniel es desde entonces un camaleón capaz de atrapar la mirada de cualquiera.

A partir del éxito de The Unbearable Lightness of Being (Kaufman, 1988), el viacrucis del actor comenzó a agudizarse por la atención que generaba en los medios, lo que hizo que tomara la decisión de abandonar Londres y refugiarse en Irlanda, de donde se hizo también ciudadano: “Tengo doble ciudadanía, pero pienso en Inglaterra como mi país. Extraño mucho Londres, pero no pude vivir ahí porque hubo un tiempo en que necesitaba mi privacidad y fui forzado a ser una figura pública. No pude lidiar con eso”.

Con su increíble retrato del artista con parálisis cerebral Christy Brown para My Left Foot (Sheridan, 1989), Daniel logró su primer Oscar y las historias sobre su intenso trabajo de método inundaron los periódicos y los chismes de pasillo de la industria, llegándose a rumorar que el actor se había roto dos costillas por su negativa a salir del personaje y pasar en silla de ruedas las semanas que duró la filmación, solicitando asistencia para alimentarse y tratando a todos, incluido su agente, en personaje. La entrega se refleja en pantalla, pero la historia negra comenzó y los ojos volteados de muchos convirtieron la relación con el actor en una pesadilla.

Una pesadilla que cualquier director sufriría con gusto por tenerlo entre su elenco. Pero mientras su estrella empezaba a brillar más, también su elusividad mediática se iba convirtiendo en un tema que muchas veces opacaba su trabajo. Aun así, su relación con Jim Sheridan ha sido una de las más fructíferas: con él hizo también In the Name of the Father (1993) y The Boxer (1997). Y antes de eso comenzó una relación artística con Martin Scorsese, con quien hizo The Age of Innocence (1993), que parecía salirse del registro del neoyorquino, pero que retrata muy bien la violencia que los prejuicios sociales eran capaces de infringir en los ciudadanos del siglo XIX.

En Gangs of New York (2002), Day-Lewis entraría ahora sí de lleno al territorio scorsesiano por excelencia con el papel de Bill The Butcher, el objeto de venganza de Ámsterdam (Leonardo DiCaprio). Pero su segundo Oscar se lo daría un trabajo que fue un punto de quiebre en el estilo de Paul Thomas Anderson: There Will Be Blood (2007), para cuyo papel Daniel exigió un año para prepararse escuchando grabaciones de la época para diseñar el lenguaje del personaje. Lo curioso es que Paul Dano tuvo menos de una semana de preparación para abordar al predicador Eli Sunday.

Su tercer Oscar fue por Lincoln (Spiel- berg, 2012), que muestra los últimos días de la guerra civil, justo cuando el presidente se encuentra en la encrucijada entre dar por terminada una guerra sangrienta y renunciar a su misión de emancipar a los esclavos o librar una batalla casi igual de cruenta en el Congreso.

Renuente a aceptar el papel después de que Liam Neeson dejara el proyecto, Daniel realizó un trabajo exhaustivo de investigación que lo hizo enamorarse del personaje: “Nunca había sentido un amor tan profundo por otro ser humano al que nunca conocí. Ése es, probablemente, el efecto que Lincoln tenía en la mayoría de las personas que se tomaron el tiempo en descubrirlo… Hubiera querido que se quedara conmigo para siempre”.

A pesar del intenso trabajo de Day-Lewis por ocultar su vida privada, se sabe que está casado desde desde hace más de 21 años con Rebecca Miller (hija del famoso dramaturgo), con quien tiene dos hijos, hermanos menores del que tuvo años antes con Isabelle Adjani. En The Ballad of Jack and Rose (Miller, 2005), Daniel fue dirigido por su esposa y el parentesco no hizo que el actor cambiara sus métodos, manteniéndose alejado de ella mientras duró la filmación.

Ante la interrogante de si Daniel Day- Lewis es el mejor actor del mundo, el crítico David Poland comenta que “es como Olivier en su mejor momento. Como ambos hicieron tan pocas películas, esperas algo espectacular cuando sale en alguna. Ha sido más selectivo que Brando y sus películas se vuelven eventos”. Pero cuando alguien le ha preguntado eso al actor, él responde: “Eso es una tontería. Eso cambia todo el tiempo”.

¿Será que su última actuación lo hará pasar a la historia como el actor con más premios Oscar de la historia? ¿Hará eso oficial su título del mejor actor del mundo? Por lo pronto, Phantom Thread se estrenó a tiempo para competir para eso y aunque tendremos que esperar un par de meses para que llegue a nuestras salas, el talento del inglés se encuentra fuera de toda duda.

“Antes de hacer Phantom Thread no sabía que iba a dejar la actuación. Paul y yo bromeamos mucho mientras la hacíamos y luego nos sentimos abrumados por una sensación de tristeza que nos tomó por sorpresa. No nos habíamos dado cuenta de lo que habíamos engendrado y era duro vivir con ello”, declaró.

Lo que sí resulta prudente preguntarse es si realmente es necesario someterse a tantos castigos para lograr actuaciones de ese calibre. ¿Qué hay detrás de esa displicencia con el cine y esa relación de amor/odio que mantuvo casi toda su vida con la actuación? Que el actor haya decidido dejar los sets para seguir su pasión confesa por fabricar zapatos o libreros ¿lo convierte en el actor más humilde o el más arrogante de la historia?

 
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